martes, 11 de junio de 2019

San Silouan, el Athonita


Me llega un libro muy interesante que he empezado a leer casi de un ´tirón`, como suele decirse. Se titula "San Silouan el Athonita", editado por Ediciones Encuentro.
La historia merece atención, tal como se refleja en la contraportada:
"En otoño de 1892 un joven campesino ruso -su nombre de pila es Simeón- llega, procedente de la provincia de Tambov, a la Santa Montaña  del Athos. Ha finalizado su servicio militar y se dirige ahora al Monasterio ruso de San Pantaléimon; emprende allí un prolongado combate espiritual hasta su muerte en 1938. Aunque inculto en el sentido usual del término -dos inviernos en la escuela de su aldea son su único bagaje intelectual-, su denodado esfuerzo ascético le depara una experiencia personal del cristianismo idéntica a la de muchos Padres ascetas antiguos. El Stárets Silouan fue canonizado por el Patriarcado ecuménico de la Iglesia Ortodoxa en 1988.
Un Stárets -anciano (Mt 15,2; Mc 7,3)- es un monje cuya experiencia ascética le ha otorgado sabiduría, penetración y capacidad de guiar a los demás".

El libro tiene 433 páginas.
Impresionan las primeras frases que nos ofrecen una idea de por dónde van los tiros:

La Revelación nos dice: «Dios es Amor», -Dios es Luz, en él no hay tiniebla alguna» (1 Jn 4,8; 1,5). ¡Qué difícil nos es, a nosotros hombres, aceptar estas palabras! Difícil, porque nuestra propia vida y la del mundo entero que nos rodea muestran más bien lo contrario. ¿Dónde se halla, en efecto, esta Luz del Amor del Padre, si llegados al ocaso de nuestras vidas, con la amargura en el corazón, debemos reconocer con Job: "Mis mejores proyectos, los deseos más queridos de mi corazón, se han roto. Mis días han huido. El lugar de los muertos será mi casa..., dónde está, pues, mi esperanza? Y aquello que, desde mi juventud, mi corazón, secreta pero ardientemente, perseguía ¿quién lo verá?» (Job 17,11.15). Cristo mismo atestigua que Dios, en su Providencia, vela atentamente por toda la creación. Se acuerda del más pequeño de los pájaros, y cuida incluso de la hierba del campo. Su solicitud por los hombres es todavía incomparablemente más grande, hasta el punto de que -todos los cabellos están contados- (Mt 10,300- Pero ¿dónde se encuentra esta Providencia que vela hasta por los menores detalles? listamos abrumados por el espectáculo del desencadenamiento incontenible del mal en el mundo. Millones de vidas, con frecuencia apenas iniciadas, antes incluso de que hayan adquirido conciencia de sí mismas, son arrancadas con increíble crueldad. ¿Por qué, entonces, esta vida absurda nos ha sido dada? Y el alma ansia encontrar a Dios y decirle: v;Por qué me diste la vida?... Estoy colmado de sufrimientos; las tinieblas me rodean. ¿Por qué te escondes de mí?... Sé que eres bueno, pero ¿cómo eres tan indiferente a mi dolor?». 7 «¿Por qué eres tan cruel, tan implacable conmigo?". «No puedo comprenderte». 

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