lunes, 10 de junio de 2019

Reflexión sobre poesía mística


Desarrollo en esta postal el tema que ya expuse en tres episodios de "La noche de los gatos", añadiendo algunas reflexiones complementarias.

Empecemos con una pregunta: ¿tiene sentido la poesía mística en nuestros días? Algunas personas pensarán que la pregunta es ociosa, porque incluyen a la poesía mística en una actividad literaria propia de unos pocos “iluminados” que, como tal, sirve para el entretenimiento y nada más. Siempre se ha visto en el poeta la figura bohemia del artista pobre y algo raro. Hasta cierto punto es normal. Lo más natural es que el poeta –como cualquier artista verdadero- no esté polarizado hacia el dinero o el poder. Pero la cuestión no es baladí. En este mundo materialista la poesía en general –y la mística en particular- tiene más sentido que nunca.
El poeta místico, presente en todas las tradiciones religiosas, es tal poeta en cuanto poseedor de unas vivencias extremas manifestadas por su sensibilidad, de suerte que utiliza la expresión poética como “vía de escape” para no perecer en su mundo interior. Su problema parece ser la incomprensión de sus contemporáneos, como queda recogido en la historia de algunos hombres y mujeres místicos, poetas y perseguidos por sus respectivas religiones, quizá porque sus escritos representan un cierto relativismo de los dogmas de fe, o porque sus personalidades resultan incómodas por la verdad que proclaman. Estas personas no se esconden tras la diplomacia y lo políticamente correcto. Para ellos, su poesía, sus experiencias, son la “razón vital” de la que hablaba Ortega y Gasset. Es la vida en su expresión infinitamente bella, superior a la realidad social que les ha tocado vivir. Pero la poesía mística no es sólo individualidad, es más, no es sólo género literario y filología, como pretendía Unamuno. Ella trasciende las fronteras de la creación artística y se mueve con soltura en muchas otras disciplinas. El poeta místico, que no hace otra cosa que expresar sus más íntimos deseos, contribuye de forma notable al desarrollo cultural y religioso de la Humanidad.
¿Qué sería del mundo sin poetas?, se preguntaba el romántico. ¿Qué sería del mundo sin místicos?, nos preguntamos nosotros. La mística es la puerta a la última dimensión, y el poeta la herramienta que nos permite confirmarla; es el otro, un ser de carne y hueso como nosotros, que nos dice: “esta es mi experiencia, tú puedes seguir el mismo camino”. La poesía mística constituye, por tanto, una actividad que canaliza nuestros deseos, tanto personales como colectivos, cohesiona ideas y favorece el desarrollo intelectual y ético de la sociedad. En cualquier caso, sin el ejercicio poético no existirían las matemáticas, que son la base de las ciencias formales, ni la ética, que es uno de los cimientos sobre el que construimos nuestras sociedades. Sin poesía nuestro mundo sería incomprensible, meramente instintivo y animal.
Hoy día hay un renovado interés por ofrecer nuevas respuestas a la pregunta clásica: ¿Qué es el hombre? Numerosos científicos ofrecen respuestas complejas, meramente biológicas, que pueden ser válidas en el ámbito de la actividad empírica y positivista, pero insuficientes para la comprensión de la naturaleza humana. Otros, como los paleoantropólogos Yves Coppers y Pascal Picq, buscan el atributo que distingue al hombre de las demás especies animales, porque “la bipedación, la caza, la vida social, la conciencia o la risa son características que compartimos con los chimpancés”, esto es, aquellos atributos que pensábamos exclusivos de nuestra especie, también están en menor o mayor grado en otras especies filogenéticamente próximas a nosotros; por tanto se puede llegar a pensar que no hay distinción real entre el ser humano y los demás animales.
¿Dónde reside, pues, nuestra singularidad? El hombre no es sólo consciente de sí mismo, no es sólo simbólico, no es sólo capaz de desarrollar un lenguaje sofisticado y, por tanto, un pensamiento abstracto, sino que haciendo de esas características un conjunto de virtudes inigualables por ninguna especie animal, es capaz de elevarse hasta la pura poesía que emana de la Divinidad; es decir, está posibilitado para trascender la realidad material que le rodea. El poeta místico es el poeta del amor trascendente, capaz de sentir un amor tan fuerte como para remontarse sobre la rutina que le rodea. Un amor que aboga por el individuo, sea hombre o mujer. Un amor capaz de irradiar su bondad sin dejarse encuadrar en categorías de posesión. Un amor que fortalece y expande el corazón mediante una generosidad fraternal. Un amor que manifiesta con su lenguaje poético la invitación a participar en la cercanía e infinitud de la Divinidad.
En suma, hay una verdad que se nos presenta mediante la poesía mística. Como diría Arnold Toynbee, “la verdad aprehendida por la psique subconsciente encuentra su expresión natural en la poesía”.
Cabe decir también que la poesía mística contribuye notoriamente a la divulgación del hecho religioso, mediante el empleo de metáforas y símbolos. Dicho de otra forma, las palabras poéticas pueden tener una función simbólica para presentarnos el misterio inefable de la Divinidad, que debe invocarse en tal palabra o imagen; es decir, el verso nos hace cercano y accesible nuestra religiosidad más íntima. El poeta místico, en su profundización religiosa, se expresa a sí mismo y se pone en juego como hombre o mujer.
Si se limitara a escribir algo que no le importara o incumbiera, no sería atrapado por el profundo misterio y su poesía sólo sería un ejercicio literario. Si plasma en versos una costumbre impersonal o la moda del grupo al que pertenece, tampoco hablaría como él mismo. Tales costumbres, en el mejor de los casos, pueden ser ejercicios e imitaciones útiles para llegar a lo religioso. Lo sagrado por sí mismo y, con ello, la poesía mística, tiene que crecer a partir de un ejercicio basado en la experiencia personal e irrepetible de la propia realidad. En la creación poética el ser humano puede desarrollarse hacia el interior de la Divinidad, pero no es un punto sin dimensiones, tiene más bien un contenido. Abarca un espacio interno de movimientos e impulsos. Dicha creación se halla referida también a un mundo de lo sabido, apetecido, tenido. Ambos espacios, el interior y el exterior, se compenetran y arrojan luz el uno en el otro. Ambos constituyen juntos el contenido poético, como un desarrollo de su vertiente antropológica, bajo la cual la poesía mística se caracteriza por la sinceridad y la totalidad.
En primer lugar por la sinceridad. En efecto, ésta no es obvia. Los hombres y mujeres tienden a desfigurarse y reprimir tenazmente en la conciencia amplias zonas de su interior, y con frecuencia también de sus relaciones mundanas. Esas zonas quedan negadas y así el ser humano es, ante sí mismo, como una imagen de su deseo. E incluso cuando sabemos que nos hallamos ante lo inexplicable, mantenemos firmemente este engaño, incluso reforzándolo.
Para la poesía comprometida ello tiene la consecuencia necesaria de que ha de ser sincera, y así ha de imponerse a la tendencia del lenguaje al engaño. Por tanto, el poeta místico ha de vaciarse y dar paso a todo lo que está en su interior, tal como allí está, esto es, hacia el interior del abismo divino. Quizá esta sea la base para explicar la persecución de la que poetas místicos han sido objeto. El desahogo es una expresión fuerte de la sinceridad aquí significada. En el poema se expresa todo lo que en la naturaleza humana hay de alegría y gratitud, de necesidad y desengaño, de queja y disputa, de preocupación y culpa, de ansiedad y esperanza. Un ejemplo de esto que queremos decir lo encontramos en el siguiente poema de Rumí, uno de los más notables poetas sufíes:
Sé como el Sol para la Gracia y la Piedad.
Sé como la noche para cubrir defectos ajenos.
Sé como una corriente de agua para la generosidad.
Sé como la muerte para el odio y la ira.
Sé como la Tierra para la modestia.
Aparece tal como eres.
Sé tal como pareces.
Si pudieses liberarte, por una vez, de ti mismo,
el secreto de los secretos se abriría a ti.
El rostro de lo desconocido, oculto más allá del universo,
aparecería en el espejo de tu percepción.
En realidad, tu alma y la mía son lo mismo.
Aparecemos y desaparecemos el uno con el otro.
Este es el verdadero significado de nuestras relaciones.
Entre nosotros, ya no hay ni tú ni yo.
El valle es diferente, por encima de religiones y cultos.
Aquí, en silencio, baja la cabeza. Húndete en la maravilla de Dios.
Aquí no hay sitio para religiones ni cultos.
Hay un Alma dentro de tu Alma. Busca ese Alma. Hay una joya en la montaña del cuerpo. Busca la mina de esta joya.
¡Oh, sufí, que estás de paso!
Busca dentro, si puedes, y no fuera.
En el amor, no hay alto ni bajo,
mala conducta ni buena, ni dirigente, ni seguidor,
ni devoto, sólo hay indiferencia, tolerancia y entrega.
En esos versos vemos reflejadas todas las dimensiones por donde penetra el corazón del hombre, con libertad a veces grandiosa y sinceridad a veces espantosa, mas por ello mismo instructiva. El poeta –y con él la gente que los lee y los interioriza- desahoga realmente su corazón sin retener nada. Y así sus palabras siguen conmoviéndonos todavía, precisamente por su sinceridad. A este tipo de sinceridad pertenece la totalidad, aspecto que también tienen en común la poesía con la fe religiosa.
Lo total, el todo, todo lo que soy y lo que está en mí, tiene que abrirse a la Divinidad en el lenguaje poético de la oración. Este todo incluye, recordémoslo, el mundo interno de las tendencias y necesidades; pero incluye también el mundo externo, el mundo en sentido estricto. Precisamente aquí se pone de manifiesto que yo soy siempre “pensar en muchas cosas”, “preocuparme de muchas cosas”, y así, pensando y preocupándome, tengo mundo y soy sujeto del mundo. El todo también es, pues, mi mundo, el mundo de aquello en lo que pienso, de lo que me preocupo y con que de alguna manera me ocupo. Todo esto pertenece juntamente al lenguaje poético, pues corresponde a la totalidad de mi mismidad, en la que yo me abro a la realidad inefable de lo sagrado. Pero un mundo entero es en el fondo el mundo entero. Aunque, para mi uso cotidiano, deba hacer una selección de este todo, y así lo seleccionado pase a ser mi mundo personal en sentido estricto; sin embargo, me interesa todo y me preocupo de todo y, en la raíz más íntima de mí mismo, me sé solidario con todo y con todos, con el mundo entero. Por eso la poesía debe ser mundana en todos los sentidos. Mis preguntas y cuidados en torno al mundo de la naturaleza y, más todavía en torno al mundo de los otros hombres, forman parte de la poesía mística. Y pertenecen también a ella las cuestiones y las preocupaciones referentes a todo el mundo y a todas las necesidades del mundo. Todo eso pertenece a la poesía mística, y también a la religión, sea bajo la forma de gratitud, o de queja, o de denuncia, o de alabanza, o bajo cualquier otra forma.
Así, el poema místico está ahí para expresarlo todo -es decir, el mundo entero y el mundo interno- ante la Divinidad, allí donde se trate de expresarse a sí mismo.
Todo un mundo, el mundo del poeta que reza y juntamente el mundo entero, se traduce en palabra ante la Divinidad. De esta forma, la cara antropológica de la poesía es, a la vez, la cara mundana de la misma, pues donde el hombre y la mujer se desarrollan a sí mismos mediante el lenguaje poético, desarrollan a la vez su mundo y en él simultáneamente el mundo.
Salta a la vista que aquí florece el rasgo del recogimiento, que se encuentra también en la comunión espiritual del hombre con la Divinidad. Todo se recoge en el poema místico. Pero no en forma de silencio sino de lenguaje. Y éste no lo recoge haciendo que en el silencio todo sea uno sino, más bien, teniendo todo a la vista, recorre la multiplicidad y menciona una cosa detrás de otra y así la traduce en palabras. En el lenguaje poético el recogimiento es primeramente el tránsito por las muchas cosas aisladas. Es ésa una transición que, evidentemente, está en el horizonte del todo y por eso tiene a la vista mayor amplitud, convirtiéndose en un símbolo abarcador de la totalidad. Los poetas místicos ofrecen –esencialmente- una experiencia particular, casi inverosímil, convirtiéndose en un símbolo del “proceso” que conduce a la unión mística con el Creador; por tanto, con ello nos dicen simbólicamente que todos estamos llamados a realizar ese proceso, aunque ciertamente muchos no se deciden. De esta forma se conserva el recogimiento, el carácter unificador, el abandono en la Última Realidad.
Se presenta, por tanto, lo que los lingüistas llaman la “dimensión objetiva del lenguaje”. La poesía mística pone en juego la cosa o, mejor dicho, el mundo, pero no se detiene en este mundo. El poeta se abre a sí mismo y consigue su mundo en dirección a la Divinidad, de suerte que lo mundano desempeña una función indudable, pero sólo de una manera secundaria; o expresado de otro modo, lo mundano queda absorbido en el conocimiento hacia Dios.
El poeta que invoca a lo sagrado bajo sus nombres simbólicos, expresándose a sí mismo y a su mundo, entra en una relación especial y excepcional. Por eso el carácter relacional del poema debe tenerse en cuenta en su lenguaje y forma. En realidad es lo propiamente decisivo. En el poema se trata siempre de abrirse a sí mismo –y juntamente con todas las cosas- hacia el interior de la Divinidad, de modo que esta interioridad divina aúna el todo del poema y marca su tono. Por ello, ni la cara antropológica de la poesía ni su vertiente mundana, inherente a la primera, tienen consistencia en sí y para sí, no se aducen por sí mismas. Más bien, todo aduce en tanto adquiere un carácter fluido entrando así en el torrente transitivo: ¡Desde mi mismidad hacia Ti, oh Dios!
Allí recibe expresión la creencia religiosa. La creencia es el alma también de la poesía mística, es la conversión viva del hombre vivo al misterio vivo de Dios. La creencia conduce los elementos del silencio y del recogimiento a unificar lo externo y lo interno, y a la vez la mismidad y el mundo.
Y de todo ello florece, en un proceso casi sin sentido, el elemento místico, que en las tradiciones monoteístas es un carisma entregado por la Divinidad al ser humano.
El poeta místico se vacía de su ser, se abandona en un misterio de amor –como hemos dicho-, ya que sin amor no hay posibilidad de profundizar en el propio ser ni de penetrar en el amor divino, como así lo glosa magistralmente San Juan de la Cruz:
Sin arrimo y con arrimo,
Sin luz y a oscuras viviendo,
Todo me voy consumiendo.
Mi alma está desasida
De toda cosa criada,
Y sobre sí levantada,
Y en una sabrosa vida,
Sólo en su Dios arrimada,
Por eso ya se dirá,
La cosa que más estimo,
Que mi alma se ve ya
Sin arrimo y con arrimo.
Y aunque tinieblas padezco
En esta vida mortal,
No es tan crecido ni mal,
Porque, si de luz carezco,
Tengo vida celestial;
Porque el amor de tal vida,
Cuando más ciego va siendo,
Que tiene el alma rendida,
Sin luz y a oscuras viviendo.
Hace tal obra el amor
Después que le conocí,
Que, si hay bien o mal en mí,
Todo lo hace de un sabor,
Y al alma transforma en sí;
Y así en su llama sabrosa,
La cual en mí estoy sintiendo,
Apriesa, sin quedar cosa,
Todo me voy consumiendo.

Entramos aquí en la dimensión metafísica del ser, asunto espinoso al que debemos, sin embargo, prestar algo de atención, porque el significado del ser, es evidente para todos, pero no todos lo abordan de igual forma. ¿Cómo se manifiesta el ser en la poesía mística? Para Octavio Paz, “el poeta crea el ser”, pero ¿no constituye esta respuesta una negación de la trascendencia? El poeta es creador, mas no es el creador de sí mismo, y menos de la naturaleza. Esto equivaldría a atribuirse un papel divino, una argucia panteísta de la que conviene alejarse. El ser del poeta místico se manifiesta en un acto real que busca la sublimación de los sentidos. ¿Acaso no todos estamos llamados a la perfección? Sí, porque no somos seres perfectos; pero cualquiera puede eludir ese camino. Para el poeta, sin embargo, sí es obligada la búsqueda de la perfección y lo sublime, tanto en su obra como en su vida. No olvidemos que su poesía transmite una realidad y contribuye a la riqueza cultural de su comunidad.
En definitiva, el poeta místico siempre será un “iluminado”, es cierto. Propone caminos de fe en una realidad superior, sueña imágenes y escenas que pueden raptarlo –si quiera por un momento- de este mundo, ofrece un testimonio válido que nos acerca al misterio profundo, eterno y amado de Dios.




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