lunes, 3 de junio de 2019

De muerte, mediocridad y silencio


Vamos caminando en este año 2019 un tanto raro y también dramático. En estos seis meses escasos han fallecido personas que conocía, no ancianos, de mediana edad. La muerte es democrática cien por cien: nos afecta a todos, más pronto o más tarde.
El caso es que entre fallecimientos, visitas al hospital como acompañante, conocidos y amigos con enfermedades crónicas, el año me resulta diferente. También mueren gentes que conocemos por ser famosas, políticos, artistas, intelectuales, etcétera.
La verdad es que estos acontecimientos no me afectan. Desde hace mucho tiempo asumí nuestra finitud y para un creyente como yo, la muerte no es más que el viaje a otro estado del alma. Un amigo ateo me decía que los creyentes somos cobardes por aquello de esperar algo más, aparte del mismo hecho de morir. No lo veo como cobardía y tampoco se trata de un acto heroico. Simplemente es. Yo creo en una realidad que nunca podrá explicar la ciencia, tú no porque te apegas a lo material. Es como el arte. Para unos no dice nada. Otros ven sublimadas sus emociones y se sumergen en la belleza de la obra. La creación es belleza y la muerte forma parte de ese proceso creativo, por tanto, también es bella. Aunque no lo veamos. O quizá -tal vez- porque no lo vemos.
Yo camino con la vida y la muerte, una en cada mano. Me llevan. Y veo solo presente. ¿Para qué pensar en mañana si tal vez no llegue?
Desde el presente vivo, amo y experimento lo que me acontece, sin más explicaciones. Sé, no por experiencia sino por la confianza que nace del amor, algo intangible pues, que cuando Dios me lleve rendiré cuentas, no ese juicio universal tal como se entiende, sino unas cuentas cubiertas por el amor de Dios, y desde ahí, espero su compasión y perdón.
Todos cometemos faltas. Yo a diario.
Desde esta perspectiva, lo que hago forma parte de una entrega, de un propósito altruista, desinteresado. No busco la fama ni los premios. No deseo otra cosa que amar y estar a disposición de los demás.
Los hay que no me entienden, que dicen esto o aquello sobre mí, que pretenden rebuscar en mi interioridad secretos e intereses tangibles, económicos. Vano esfuerzo.
También están los que me atribuyen mediocridad en lo que hago o escribo. Y yo respondo: "pues claro, escribo para los mediocres, ellos me entienden". Y los otros, los listos, los que se otorgan genialidades, capacidades intelectuales sobresalientes, gran ingenio y toda una gama de características apetecibles por la gente, ésos, también me entienden, o tal vez no. Pululan por encima de la masa y solo entienden lo que creen sublime.
Me quedo con los de abajo, los que están ahí, los que viven sin ambición, ajenos a la acumulación de tesoros, talentos y otros supuestos bienes, los que pisan la tierra sin dejar huella, en silencio, como diciendo: "esto no va conmigo...".

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