jueves, 30 de mayo de 2019

Hacia el desierto


El paisaje es ocre, inmenso, penetrante, capaz de producir una borrachera de espejismos en el viajero.
De vez en cuando descubro rebaños de cabras rompiendo la monotonía e imagino el gran desierto
en todo su esplendor.
En el horizonte adivino un pueblo erguido no sé cómo en medio de ningún sitio.
¿De qué vivirá su población? ¿Quién puede vivir así?
Lejos se recorta el minarete de la mezquita. También es ocre y casi podría asegurar que el imán tiene la barba del mismo color.
Todo es ocre  y, por tanto, todo es invisible hasta que, de repente, sin avisar, el arbolado me abofetea y recobro el gusto por el color verde. ¿He dicho verde? Me parece que doy demasiada importancia
a los colores y no debo perder la perspectiva, ni los colores que son, a la postre, una ilusión producida por el movimiento.
Ahora vuelvo a mirar y veo un ocre teñido de verde, un ocre que no es ocre, un verde que no es verde, una gama de colores que se suceden en la fugacidad del tiempo y luego, al dejar de verlos, ¿qué serán?, ¿cómo los percibirá otro viajero? Cierro los ojos e imagino un cuerpo lleno de colores
que se confunden con el entorno.
Soy de colores, y soy transparente, y soy invisible cuando no pienso y deposito mi alma en el regazo de la Divinidad.

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