domingo, 26 de mayo de 2019

Galayos, en Gredos


Estos días de fin de semana corresponde acercarse a la montaña, mi afición favorita. Puedo sacrificar todo lo demás, lecturas incluidas, música clásica,  música en general, ópera, cine, teatro, visitas a museos, bares y paseos urbanos,... pero no la montaña, las montañas, cada día con más turistas, con más dificultad para encontrar espacios de soledad y tranquilidad. La montaña para mí es espiritualidad, religión, investigación, ciencia, contemplación... amor. Es mi amor de niño y de adulto...
A los trece años ya subía montañas, con gente mayor que yo, naturalmente. Me hubiera gustado ser montañero profesional; pero mis capacidades físicas eran limitadas, ahora más, con cerca de sesenta años de edad. No fui alpinista, una lástima. No visité los Himalayas ni pude ascender al mítico Everest. En estos días suben turistas adinerados y aquello se ha convertido en una romería, aunque pudiera no iría. Tampoco pude visitar otras cadenas montañosas igualmente interesantes. Pero me pateé los Andes en el Perú y  el Atlas en Marruecos. Aun así, mi experiencia montañera fundamental se reduce a las formaciones geológicas de España, que también tienen su importancia y su riesgo.
Gredos es la sierra que mejor conozco, tal vez con Picos de Europa, entre León y Asturias, y Fuentes Carrionas, en el norte de Palencia. Los Pirineos de pasada. La sierra Ibérica y alguna elevación más.


Mi hijo Jaime más fresco que una lechuga. 

Pues bien, mi hijo y un amigo me llevan a Gredos, una vez más, mi querido Gredos, donde las cabras hispánicas están ya integradas en el deambular turístico y se te acercan por comida como si se tratara de mascotas.
Propongo hacer la ruta a los Galayos, impresionantes paredes rocosas apropiadas para la escalada. Nunca fui de colgarme de cuerdas, clavijas y escalas. Y menos aún de escalada libre. Lo mío es caminar, bastón en mano si es preciso, agarrarme a tal o cual roca e ir subiendo a mi ritmo, nada de quedarme colgado, para eso ya tengo el día a día en la ciudad. Las bajadas suelen ser peor,  "troncha piernas" denominábamos a esas pedreras interminables y cuando llegabas al llano las rodillas te bailaban, ahora más debido a la edad. Hay que tener articulaciones fuertes y elasticidad para caminar por sendas de montaña y trepar por aquí y por allá. Y la espalda me fastidia. Dolor crónico que me pasa casi desapercibido por las emociones que experimento en el lugar. Mañana será otro cantar...
Galayos estaba espléndido, como siempre, un día radiante, sin frío, sin calor, con gente, eso sí; pero bastante comedidos, respetuosos con el entorno. Me alegré.

Paisaje espectacular


Mi hijo y su amigo iban deprisa al principio, después aminoraron la marcha. Yo detrás, viendo esto y aquello. Disfrutando. El amigo, en la bajada, pegó un salto de una roca a otra y la falta de pericia le costó casi un esguince. Quedó el susto en una leve torcedura de tobillo, acabar la ruta a paso más lento y visita al traumatólogo, ya en Salamanca. Cosas normales.

Lagartija carpetana (Iberolacerta cyreni)


Vimos distintas especies animales. La más curiosa para mí fue una especie de lagartija cuyo hábitat corresponde al sistema central. Se trataba de una lagartija carpetana ("Iberolacerta cyreni"). Pudimos fotografiarla. Me extrañó verla tan fácilmente; pero tal vez también se esté domesticando. Tengo que preguntarlo. Nunca la había visto en años anteriores. El llamado "cambio climático" está alterando comportamientos y distribución de especies animales y vegetales. Espero no ver dromedarios por aquí algún día, pues la humedad y el clima cada año es más sahariano. Pero de eso ya hablaré.

Una cabra hispánica, descarada a más no poder


En suma, un día para el recuerdo. Estas excursiones -´marchas`, como decíamos de jóvenes- ganan con el tiempo, los recuerdos cristalizan, las historias se enriquecen. No olvidemos que toda buena historia merece ser adornada. Dentro de veinte años -si Dios quiere- mi hijo Jaime y su amigo la adornarán y contarán que un día estuvieron conmigo en Galayos escalando una de sus paredes. Y vimos el vuelo majestuoso de los buitres leonados, y en la lejanía un vapor cristalino que cubría la sierra con un ligero tono plateado, y el sol en todo lo alto sonriendo, y cuatro excursionistas disfrutando de un rato de descanso al pie de una charca de aguas transparentes, y los neveros invitándonos a seguir por los altos riscos, y las cabras altivas, insolentes casi, en busca de nuestra comida, y todo un conjunto de sensaciones únicas, exclusivas de Gredos, mi sierra, mis montañas que tanto amo y a las que tanto debo.

El que está en lo alto no soy yo. Ya me gustaría...



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