miércoles, 8 de mayo de 2019

De la crisis existencial a la felicidad


En esta sociedad de redes sociales y autobombo constantes conviene reflexionar sobre lo que somos y lo que pretendemos divulgar sobre nosotros mismos.
Facebook suele ser un ecosistema poblado de narcisistas. Casi todos los que allí moran parecen hacer cosas fantásticas cada día, tener mil ocupaciones, capturar la mejor instantánea con su foto (bueno esto se hace más en Instagram), decir la ocurrencia más divertida, compartir el vídeo más interesante, etcétera. Linkedln, siendo una red para profesionales, también registra comportamientos narcisistas. De Twitter mejor no hablamos.
Lo cierto, con independencia de la red elegida, es que solemos hacer brillar nuestro perfil, revestirnos de una imagen interesante a los ojos de los demás, resaltar éxitos y puntos fuertes y ocultar defectos y fracasos. Parece que así los que buscan empleo tienen más posibilidades y los que simplemente quieren destacar lo hacen en mayor grado.
Mi opinión es que todo lo que sea inflar nuestra persona es negativo y contraproducente. Así, el que acude a una entrevista profesional buscando impactar con su buen historial de estudios y trabajos, ocultando fallos y problemas, vendiendo una imagen incompleta, acaba por estrellarse. Lo mismo para la persona que quiere brillar en su red preferida: tarde o temprano acabará desinflada, decepcionada y fuera de lugar, so pena de cultivar una imagen falsa para huir de una realidad que deplora y no es capaz de cambiar. Todo es posible.

Mi punto de partida es que todos fracasamos. Absolutamente todos. La vida se compone de innumerables instantes en los que hacemos esto y lo otro con desigual fortuna y tacto; pero el fracaso forma parte de la experiencia vital y es bueno, incluso productivo. Por tanto, airear solo los éxitos constituye un ejercicio hipócrita que tarde o temprano pasa factura. Esto vale para el ámbito profesional y también para el personal. Quien construye una relación afectiva ocultando defectos, más pronto que tarde saldrán a la luz y los problemas llegarán. No falla.
Ahora lo veo claro pero no siempre fue así. En el pasado yo también practicaba la sublimación de lo que creía eran mis mejores cualidades y habilidades, es decir, alimentaba mi ego con ilusiones y ocultaba aquello que detestaba de mi persona y no era capaz de cambiar. Y tal forma de comportarme me acarreó disgustos, problemas y patinazos en todas las esferas de mi vida, hasta que llegó el momento de ´reorganizarme` y  ´reactivarme`... pero no fue fácil. Acontecieron hecho importantes que cristalizaron en lo que solemos denominar "crisis existencial", lo cual no es otra cosa que tomar conciencia real de nuestra situación. Las crisis son también comunes a la mayoría de los hombres y mujeres. Y creo que son buenas. Bien encauzadas te ayudan a madurar y entender tu vida, el principio para cultivar una existencia feliz y dichosa... pero de esto ya hablaré en otro momento.
El caso es que cuando me preguntan suelo responder que soy un hombre fracasado cuya historia rebosa sufrimiento, despropósitos y algún logro que otro; pero también soy un hombre con la mente clara y transparente, espontáneo y tranquilo, despegado de las cosas mundanas... ¿mi curriculum vitae? ¿mis habilidades? ¿mis éxitos? Nada de ello tiene importancia. Aprendí a desapegarme, a hacer menos, a simplificar, a no forzar las cosas, a ir más despacio y tener paciencia, a no distraerme con banalidades,... en definitiva, a ser yo mismo, sin envolturas. Hago lo que hago y llego hasta donde llego, sin metas definidas, empeñado solo en el presente, ahora escribo, o edito un libro, o avanzo en mis investigaciones, o doy una charla, o me tumbo a la bartola viendo pasar la tarde sin otro propósito que perder el tiempo. Es un lujo esto de perder el tiempo tal como está el mundo. Y proporciona mucha felicidad.



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