lunes, 22 de abril de 2019

¿Qué puedo hacer? Contempla



La duda existencial siempre aparece en el horizonte de la experiencia. Creemos tener certezas inamovibles; pero ante una situación especial nos dejamos embargar por temores huérfanos de raciocinio. Entonces tomamos decisiones precipitadas. No queremos pararnos a meditar y evaluar nuestros actos.
Sin más, volcamos los deseos sobre un tobogán de actos casi inconscientes donde queda atrás el libre albedrío, para acabar en el pozo de la indiferencia. Caemos al abismo.
Todo requiere meditación y establecer la correspondiente escala de valores con la finalidad de enfrentar las diferencias circunstancias de nuestra vida.
Hay quienes emplean su tiempo intentando establecer categorías de sus actos: lo conveniente, lo necesario, lo innecesario, lo repulsivo, lo oportuno, lo práctico, lo beneficioso, lo perjudicial… quien así obra procede como un autómata, pues es fácil para la mente humana establecer rutinas que son, a la postre, modos de huir de la realidad. Si la situación no encaja en alguna de esas rutinas, surge el desasosiego y el sufrimiento, el temor y la inseguridad.
Esto también sucede en la persona religiosa, tal vez, con mayor frecuencia, pues los rituales, sean cuales sean, su naturaleza, implica establecer actos repetitivos.
Resulta muy difícil huir de las rutinas, pues se nos educa en ellas y marcan el día a día.
No estoy diciendo que tengamos que eliminarlas, sino que lo indicado es estar alerta frente a ellas. Todo puede ser rutinario, por ello se requiere la valentía para analizarlas con cierta frecuencia: esto que hago yo, ¿hasta qué punto es producto de la costumbre? ¿Cómo puedo exprimir cada momento? ¿Cómo puedo ser yo mismo y no las circunstancias que me moldean desde fuera?
¡Ya está!, ahora me dirás que medite –pensarás- Pues sí y no. La meditación es un buen ejercicio. El budismo desarrolló técnicas estupendas y ahí están para quienes deseen utilizar ese sistema; sin embargo, también caen en la rutina. La meditación es la cosa más aburrida del mundo.
Yo prefiero contemplar:  mientras camino por el campo, en un museo admirando una obra de arte, en una iglesia, en el banco del parque,...
La contemplación requiere ver más allá de los eventos físicos, y de la materia. Puedo observar la lluvia, por ejemplo, y decir que ´contemplo`; sin embargo, se trata solamente de una observación sin más propósito. O puedo contemplar la lluvia vaciándome de todo vestigio de mi yo. Entonces capto la esencia del agua precipitándose sobre la tierra, dejo de percibir lluvia y su efecto sobre mí… no hay propósito previo ni meta a alcanzar, incluso es posible que no experimente ninguna relajación.
¿Cómo relajarse cuando uno se vacía de sí mismo? Sobreviene la tensión, estamos en alerta. Tampoco reflexionaremos porque no hay nada sobre lo que reflexionar.
Cuando contemplo soy yo en un nivel ajeno a la normalidad. En cierto modo soy anormal, porque la gente no suele contemplar. Mi consciencia se abre a una realidad incontrolable, es oración pura, desnuda de intenciones y peticiones, indiferente ante lo que me rodea. Elimino lo rutinario porque la contemplación constituye en sí misma un acto siempre nuevo, único, confiado.

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