No soy perfecto... pero soy dichoso


En la civilización occidental se busca la perfección, se potencia, se estima, se valora. No así en otras culturas orientales y africanas. La perfección solo se identifica con la naturaleza, con Dios, con lo inefable... son modos de afrontar la vida que tienen consecuencias muy diferentes.
A nosotros nos educan desde pequeños para el esfuerzo y el rendimiento al máximo. A mí me machacaron desde pequeño, como a todos mis compañeros. Nos exprimían en el colegio y en casa, más tarde en el instituto y en la universidad. Las exigencias eran enormes, ahora puedo calificarlas como ´inhumanas`. Nuestra sociedad lo exigía, lo sigue exigiendo. Y el resultado en muchas ocasiones es espantoso. Me refiero a la persona, no así a la colectividad que, gracias a esta hiper voluntad perfeccionista está alcanzando altas cotas de desarrollo tecnológico. Pero la persona, el ser humano, esto es harina de otro costal. Muchos quedan tirados por el camino, incapaces de mantener el esfuerzo, llegando incluso al suicidio, como sucede en Japón, donde se premia el esfuerzo constante, la exigencia máxima,... una sociedad -la japonesa- que se ha tornado enfermiza, con graves carencias afectivas.
Decía que en otros sitios no es así. Nos vamos al polo contrario: Mauritania. Los mauritanos pueden ser considerados por un occidental el colmo de la vagancia. Si quieres desesperarte, haz negocios con mauritanos. Encontrarás tranquilidad, desidia, relajo, dejadez, una suerte de abandono mezclado con el engaño y la picaresca. En Mauritania, a diferencia de Japón, apenas hay suicidios. Las calles de las ciudades son caóticas y el mal hacer -para nuestro criterio- abunda por doquier; sin embargo, son felices. O lo son más que en los países sofisticados y avanzados del mundo.
La búsqueda de la perfección genera desequilibrios emocionales, no se potencia la felicidad, y mucho menos la empatía, cuestión que está de más en la educación, centrada en la competitividad.
Yo renuncié hace tiempo a la competitividad y la carrera por ser el mejor. Y me costó sufrimiento e incomprensión. En definitiva, te miran como un bicho raro cuando decides parar y plantarte, decir ¡hasta aquí he llegado! ¡A partir de ahora voy a ser yo mismo!
En realidad, en mi caso concreto plantarme fue un impulso generado desde el exterior. A veces la vida y los acontecimientos provocan el cambio, te dan el empujón: me quedé sin posibilidad de seguir trabajando en lo que me gustaba y pasé a vivir en la incertidumbre laboral, los conflictos y un rosario de problemas que me dejaron enfermo y desarbolado. Surgió la ´catarsis` y con ella un lento cambio personal. Pude tomar distintos caminos, algunos en países de aparente éxito como Estados Unidos, pero era volver al sacrificio, a la exigencia extrema, a la competición, a la renuncia a mi propia vida. Y tampoco tenía ya la edad de competir. En España, por otra parte, y más en Castilla y León, mi región, encontrar trabajo a partir de cierta edad resulta casi imposible. Desde entonces siempre que me preguntan digo que permanezco en crisis constante, la explicación fácil para que me entiendan, pues la profunda es que no espero nada, ni lo pido, ni lo necesito. No quiero perfecciones, ni busco méritos ni reconocimientos, ni premios, ni hacerme millonario, ni ambiciono tener decenas de miles de seguidores en las redes sociales, ni tan siquiera lectores. No preciso de palmadas de ánimo en la espalda, tampoco quiero la compasión ejercida por amigos circunstanciales. Vivo en el "abandono del presente", no puedo hacer otra cosa. Leo, investigo los temas que me interesan, escribo libros, a veces ejerzo como editor para otros escritores, me declaro poeta, monje en movimiento, itinerante, no tengo jefes ni soy jefe, no soy perfecto; pero soy dichoso. Esto basta.

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