miércoles, 3 de abril de 2019

Escribir es beneficioso para la salud


Llevo escribiendo desde que tengo uso de razón. En el colegio ya escribía en cuadernos que utilizaba como diarios. Era una actividad complementaria con los apuntes de clase y los deberes, en aquellos años de mi infancia terriblemente agobiantes si los comparamos con los "no deberes" que llevan los escolares a casa. Así que siempre he estado enganchado a bolígrafo, lapicero y papel para plasmar mis ocurrencias y pensamientos. Ahora también utilizo el ordenador.
Siempre que he iniciado un proyecto de tipo literario, ya sea poemario, ensayo, novela o teatro, he experimentado una suerte de euforia que me proporcionaba un estado de felicidad difícil de describir. Claro, la situación se iba calmando a medida que avanzaba en la escritura hasta el momento de añadir el punto final a la obra, lo cual me hacía caer en la melancolía, cierto abandono y un estado de casi enfado.
Hablo en pasado porque desde hace un par de años escribo muy poco. He estado ocupado con textos de otras personas, y con investigación de campo, además de explorar otros formatos como el podcast y dirigir dos revistas. Esto ha sido así hasta ayer, día en el que después de una conversación de hora y media con un editor y amigo, embarcado ahora en un proyecto editorial relacionado con el África Occidental y el Magreb, acordamos que un servidor escribirá en seis meses un ensayo para entregárselo allá por octubre con la intención de publicarlo en ese mes o el siguiente.
Como no me gusta a hablar de lo que estoy escribiendo hasta haber acabado, me limitaré a decir que será un tema de interés especialmente para aquellas personas que deseen entender buena parte de la mentalidad árabe desde una perspectiva religiosa.
En cualquier caso, el compromiso con mi querido amigo me ha proporcionado otra vez ese hormigueo intelectual, el estímulo eufórico para lanzarme con fuerza y ganas a la nueva tarea.

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