domingo, 21 de abril de 2019

El objeto del trabajo


Siempre se supone que se trabaja para vivir y no se vive para trabajar; pero lo cierto es que la mayoría de la gente trabaja exclusivamente para poder vivir, mantener su nivel de vida y obtener más y más bienes. Los norteamericanos son expertos en esto de trabajar al máximo y no parar. Los japoneses -y ahora los chinos- no andan a la zaga. En España también se observa este fenómeno.
Mi padre era albañil y tenía que hacer horas extraordinarias y ´chapuzas` los fines de semana para darnos de comer. Claro, los salarios eran menos que mínimos. Ahora no es que se haya avanzado mucho. Sé de mucha gente, universitarios y profesionales que tienen salarios casi de miseria. En Madrid, por ejemplo, muchos de estos jóvenes ganan menos de 900 euros al mes. Un auténtico escándalo teniendo en cuenta que el alquiler de un piso cochambroso puede costar 800 euros o más al mes, y no en el centro, a lo que hay que sumar transporte urbano, comida, etc. Vamos, que no ganan para vivir.
Resulta obvio decir que el objeto del trabajo debe ser el bienestar de la persona, el mantener una calidad de vida óptima, trabajar para vivir con dignidad, no para acumular, disfrutar de tiempo libre (y cada vez será mayor), del ocio y de las ofertas culturales. Para ello el salario debe garantizar unos mínimos vitales. La experiencia nos dice que esto no es así. De ahí aquello del "salario mínimo interprofesional" impuesto por ley. La intención es buena pero no justa pues depende de la ciudad y región donde uno se encuentre para aprovechar más o menos ese salario. Y tampoco garantiza nada.
No digo nada nuevo, lo sé; pero me apetecía hablar de ello en este día tan señalado para el cristianismo, de Pascua de Resurrección.

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