Dificultades en el camino


Pues sí, el desaliento surge con facilidad. Estás a punto de conseguirlo y, de repente, hay un no sé qué que te impide seguir, tiras la toalla y abandonas el camino. Acedia lo llamaban los “padres del desierto”, esos pirados que lo abandonaban todo para ir en busca del Amado; pero eran unos pirados muy cuerdos, muy sensatos.
Se ha escrito mucho sobre este tema. No voy a insistir. Solo diré que es un estado frecuente que suele confundirse con la depresión; pero ésta es un enfermedad mental, la acedia no. Incluso cuando estamos más animados acecha esa terrible sensación.
Entonces quedan dos opciones: o renuncias, o sigues. Yo escogía la segunda. Y así una vez, y otra, y otra, hasta que dejó de aparecer.
La acedia tiene una base emocional, si descartamos enfermedades físicas o mentales. O sea, si estás razonablemente sano y te llega ese malestar te enfrentas a una situación complicada.
Lo normal es sentir angustia, cierto ahogo… que puede devenir en desesperación. Surgen fantasmas del pasado, miedos, incertidumbre, dudas… ¡qué listo es el ego!
En estos casos no hay una solución mágica. Tenemos que superar la situación confiando en su transitoriedad. Confianza, ésa es la palabra. Y relativizar los acontecimientos que se produzcan, todos los acontecimientos. Nada permanece y todo desaparece, incluidos nosotros. Entonces emerge la felicidad, y más tarde la dicha y el olvido de uno mismo. Esto no es fácil de entender, hay que nadar en esas aguas que parecen encerrar terribles secretos; pero no es así. El agua oscura se torna transparente y cristalina. Viene la luz y el camino se vuelve claro, preciso, único.


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