jueves, 14 de febrero de 2019

La sierra de Gredos



Leemos en el sitio web dedicado al turismo de la Junta de Castilla y León que “el parque regional de la sierra de Gredos está Situado al sur de la provincia de Ávila, en España, donde encontramos una espectacular creación natural de lagunas, gargantas, circos, riscos, galayos y depósitos morrénicos, escenario en el que habita la cabra hispánica. En la Cordillera Central, separando los ríos Duero y Tajo, como un muro granítico, se levanta la Sierra de Gredos, un espacio tallado por la erosión glacial en la que destacan el Circo y la Laguna Grande de Gredos, presididos por el esbelto pico Almanzor, con 2.592 metros, la máxima altura de todo el Sistema Central.
Si el relieve convierte Gredos en una bella y espectacular montaña, desde el punto de vista biológico su hábitat nos ofrece uno de los espacios más interesantes de toda Europa occidental.
Debido a su situación geográfica, a los fuertes desniveles y a la distinta orientación de sus laderas, la Sierra de Gredos puede considerarse como un auténtico paraíso para la flora. Las diversas especies vegetales aparecen distribuidas en pisos superpuestos que alcanzan su culminación en el piso alpino, el más interesante de todos ya que en el mismo se ha localizado un gran número de endemismos botánicos.”

Pisé por primera vez este espacio natural en octubre de 1975, recién iniciado el curso escolar en el instituto, en concreto el 1º de BUP, año aquel en que empezaba a aplicarse en España la reforma educativa del bachillerato según la ley general de educación de 1970, año también turbulento en España, pues un mes después moría Francisco Franco, concluyendo un periodo histórico y dando paso a la transición española hacia la democracia.
Había en el instituto un grupo de alumnos que hacían montañismo regularmente. Habían constituido un club de montañeros y yo me apunté casi de inmediato. Con 13 años aún, resulté ser de los más jóvenes, pues la mayoría eran alumnos de cursos superiores. Incluso yo era de los más jóvenes del curso, pues la mayoría ya tenían 14 ó 15 años. De mi curso nos apuntamos dos chavales. Mi madre no quería; pero visto mi pertinaz empeño, al final quedó convencida de lo bueno que podría ser para mi desarrollo tal actividad.
La primera excursión fue a la sierra de Gredos, una actividad a desarrollar en tres días, si mal no recuerdo. Yo no tenía equipo de montañero, así que me prestaron unas botas desgastadas y una mochila, y llevé de casa un par de mantas, ropa de abrigo, calcetines, algo de comida,… sin ninguna experiencia y siendo un niño me embarqué en una aventura que transformó  mi vida, pues desde entonces siempre he estado vinculado a la montaña.
Aquella experiencia fue muy interesante. Acampamos al lado del río Tormes, en el término municipal de Hoyos del Espino, y desde allí hacíamos las rutas hasta el macizo central de Gredos… Lo que experimenté apenas puedo describirlo. El solo hecho de tener que instalar las tiendas de campaña era para mí una actividad excitante. Después llegó la noche, rodeados de árboles y silencio. Apenas una tenue brisa teníamos como música y el cielo estrellado, estrellas que me parecían enormes, y constelaciones cuyos nombres algunos compañeros mayores nos describían. A lo lejos se adivinaba la silueta recortada de las montañas, yo quería descubrir el pico Almanzor puesto que paraban de hablar de él; pero desde allí no podíamos verlo.
Hicimos fuego y los treinta jóvenes cantábamos canciones, algunos contaban chistes y aventuras acaecidas en aquella región, acabábamos la velada entonando una oración.
Durante el día, las marchas eran a buen paso. No se andaban con tonterías nuestros mayores. Caminábamos deprisa y ascendíamos por caminos, a veces esquivando manantiales con abundante agua, saltando de piedra en piedra, yo apenas podía contemplar el paisaje. Veía unos murallones macizos de roca granítica, gigantescos… y me preguntaba si subiríamos tan alto, allá donde apenas distinguíamos algunos individuos de cabra montés. Hoy es corriente verlas deambulando cerca de la gente, en busca de comida que los domingueros les proporcionan con graves consecuencias, pues ya parecen domesticadas, entre otras cuestiones que ahora no voy a comentar.
Nuestro objetivo era llegar al pico Morezón, una montaña suave, de 2389 metros de altura. El desnivel era considerable, teniendo en cuenta desde donde íbamos. Soñaba con ver el llamado “Circo de Gredos”, formación geológica glaciar situado en la vertiente norte de la sierra, y lugar desde el que se podía acometer la subida del pico Almanzor, el más alto, con 2591 metros y unas respetables paredes donde han muerto bastantes montañeros, según nos habían dicho y pude comprobar en las sucesivas marchas que realicé años después a Gredos.
Yo iba sudando, a pesar del frío, que a medida que subíamos era más intenso. Para nuestra desdicha, el día se nubló y una niebla persistente cubrió no sólo las cumbres de las montañas si no todo el conjunto geológico. Los guías de la marcha decidieron continuar y yo, casi agotado, cumplí agarrado a la mochila del guía principal, un joven universitario ahora catedrático de universidad y con el que fragüé una excelente amistad que ha perdurado a lo largo de los años.
Entre niebla y sin ver casi nada llegamos a la cima del Morezón. El frío era intenso. Apenas estuvimos dos o tres minutos descansando y bajamos con rapidez, tanto es así que a mí me tuvieron que bajar en volandas dos chicos mayores, hasta que llegamos a la orilla de un manantial, lugar donde descansamos, aprovechamos para comer y contemplar el poco paisaje que la niebla permitía ver.
El camino de regreso a la zona de acampada se me hizo más liviano, alejado ya de las pedreras y zonas más empinadas de la montaña. Llegamos a las tiendas de campaña bien entrada la tarde, nos cambiamos la ropa mojada y disfrutamos de la cena y el fuego… la niebla se había disipado, no había nubes y las estrellas volvían a verse en todo su esplendor…
En fin, estos son los detalles más importantes que recuerdo de aquella primera excursión a las montañas de Gredos. Después vendrían más y más, y actualmente, siempre que puedo y no con la frecuencia que me gustaría, me acerco hasta allí para pasar unas horas y admirar su belleza.
No me resisto a recoger un texto breve de Abelardo de Armas, primer director de los Cruzados de Santa María, un instituto secular nacido en el seno del “Hogar del Empleado”, a quien conocí en mi adolescencia y dejó en mí una fuerte impronta espiritual…

¡Gredos! ¡Aula Magna de un estilo de vida! Circo de Gredos y lagunas. Cumbres nevadas. Granito y praderas de hierba fuerte. Gargantón. Portillas. Torrentes de aguas limpias como esmeraldas y senderos de guijarros por los que tantas veces hemos caminado en fatigoso esfuerzo de ascensión. Florecillas humildes nacidas en la grieta del risco que escalas. Noches estrelladas de Gredos y amaneceres de fuego en las cumbres. Sol abrasador y temblores de frío en cambios bruscos de temperatura. Tormentas sobrecogedoras. Baños reconfortantes en aguas heladas…

Hoy la sierra de Gredos es un espacio natural protegido por ley desde 1996, año en el que la Junta de Castilla y León crea el parque regional, con una superficie de unas 87.000 hectáreas. Este parque se crea –según recoge la ley- “con la finalidad de contribuir a la conservación de sus ecosistemas naturales y valores paisajísticos en armonía con los usos, derechos y aprovechamientos tradicionales, así como los derechos históricos de la población afectada y con el desenvolvimiento de actividades educativas, científicas, culturales, recreativas, turísticas o socioeconómicas compatibles con la protección del espacio.”
En la red de información y participación en los espacios naturales de Castilla y León www.miespacionatural.es y en el portal www.muchamontana.com, podemos encontrar abundante información sobre Gredos.



No hay comentarios:

Publicar un comentario